Por aquí se baraja la opción de ir al restaurante Roberto, la pizzería-bocatería aquella a la que fuimos hace un par de años, que estaba por el Morales Meseguer. Cerraban la cocina pronto, pero al menos salimos comíos.
¿Qué os parece? ¿Alguna otra propuesta?
martes, 22 de enero de 2008
domingo, 20 de enero de 2008
Vamos a por esos signos, vamos a por esos millones....
Si mis cuentas no fallan, esta semana tenemos 11 aciertos en la quiniela. Los tres partidos fallados, son tres dobles. Hemos acertado 5/5 en fijos y 6/9 en dobles. Y, parece mentira, que siendo yo quien hizo la quiniela, que siempre he rechazado el signo 1-2 en los partidos por considerarlo absurdo, he fallado tres partidos poniendo 1-2. No sé si volveré a utilizar tan controvertido doble.
Al haber fallado los dos dobles sin reducir, creo que tenemos 4 de 11. Es decir, que lo que cobren los acertantes de 11, multiplicado por 4, es el dinero que vamos a cobrar nosotros. Y digo creo, porque nunca estoy seguro de estas cosas, no sé si hay cosas del tinglao éste que se me escapan...
Y como ya tenemos escrutinio, os digo cuánto cobramos: los 11 aciertos se pagan a 37,55. Si multiplicamos por cuatro, ganamos 150 euros y 20 céntimos, o dicho de otra forma, cinco mil duros.
No está mal, ¿no? Espero que sea verdad eso de que tenemos cuatro de once.
Josete, ¿te lo esperabas? :-)
Al haber fallado los dos dobles sin reducir, creo que tenemos 4 de 11. Es decir, que lo que cobren los acertantes de 11, multiplicado por 4, es el dinero que vamos a cobrar nosotros. Y digo creo, porque nunca estoy seguro de estas cosas, no sé si hay cosas del tinglao éste que se me escapan...
Y como ya tenemos escrutinio, os digo cuánto cobramos: los 11 aciertos se pagan a 37,55. Si multiplicamos por cuatro, ganamos 150 euros y 20 céntimos, o dicho de otra forma, cinco mil duros.
No está mal, ¿no? Espero que sea verdad eso de que tenemos cuatro de once.
Josete, ¿te lo esperabas? :-)
25 de enero
Convocatoria oficial: el próximo viernes 25 de enero hacemos la fiesta de despedida sinérgica de José Luis García y de Jorge Provencio. Podéis aportar ideas: si hacemos comida, merienda, cena, merienda-cena, comida-merienda-cena, comida-merienda, comida-cena... yo propongo que nos juntemos a comer en Murcia y luego ya veremos.
Id confirmando asistencias...
Id confirmando asistencias...
Almería: continuación
Mes y medio hace que volvimos, y todavía voy por la mitad del viaje. Si es que, como sé que ya no leéis el blog, pues ya no me motivo. ¿O sí lo leéis?
Voy a ir liquidando el viaje ya, que a este paso ya nadie se acuerda ni de que fuimos.
Garito número 1: El instinto orientador de Agustín nos llevó a un garito que no tenía mala pinta, en el que estaba el camarero solo. ¿O ni eso? El famoso desierto de Almería estaba allí, en aquel local. Nos quedamos un rato. Unos cubatas, unos chupitos calentitos y a buscar otro sitio. ¿Chupitos calentitos? Sí, sí. Y nada de leche con Cola-Cao o poleo-menta. Era algo alcohólico (a saber) que fue prendido por el camarero con un mecherito. El tío debió quemarse la mano unas cuantas veces. El caso es que aquello era muy potito, el garito casi a oscuras y una fila de chupitos flameantes, alrededor de diez o doce, iluminando el local. Nos los bebimos, hicimos unas fotos, estuvimos un rato y nos fuimos. No puedo extenderme más, porque de los detalles casi ni me acuerdo.
Garito número 2: Este era algo más grande y había más gente. Tenía mesas (y sillas) y había espacio para estar de pie. En este local pasaron dos cosas reseñables: la primera es que intentamos jugar a los dardos, porque Damián nos dijo que ninguno de los que allí habíamos era capaz de ganarle, ni siquiera impidiéndole abrir los ojos a él para tirar. Vamos, os gano hasta con los ojos cerraos, dijo. Empezamos a echar monedas en la máquina, y luego no iba. Menos mal que nos devolvieron los cuartos. Tres o cuatro euros creo que habíamos echao. ¡Como pa tontear! La segunda es que unas señoras cuya edad difería considerablemente de la nuestra intentaron ligar con nosotros. Ellas estaban tranquilamente sentadas en una mesa, y Pablo y yo fuimos a presentarnos. Fue entretenido: intentamos que averiguaran de qué ciudad de España éramos y creo que dijeron Palencia, Teruel, Huesca, Orense, Lleida y Zamora antes que Murcia. Y eso que somos vecinos. En fin, que nos fuimos enseguida de aquella mesa. Porque se nos acabó el cubata y porque podrían habernos metido en la cárcel.
Si no recuerdo mal, los siguientes garitos ya fueron para comer. Sin historia. En uno de ellos vimos como Acasiete marcaba en tiempo de descuento el gol de la victoria ante el Sevilla. Regocijo en las calles. Yo ahí estaba empezando a quedarme durmiendo. Aun así, aguanté hasta el siguiente garito, en el que vimos el Barça-Espanyol casi en su totalidad. Al acabar el partido, me fui a acompañar al Yánguel al hotel, y a dormir la mona hasta el día siguiente.... ¿o no?
Voy a ir liquidando el viaje ya, que a este paso ya nadie se acuerda ni de que fuimos.
Garito número 1: El instinto orientador de Agustín nos llevó a un garito que no tenía mala pinta, en el que estaba el camarero solo. ¿O ni eso? El famoso desierto de Almería estaba allí, en aquel local. Nos quedamos un rato. Unos cubatas, unos chupitos calentitos y a buscar otro sitio. ¿Chupitos calentitos? Sí, sí. Y nada de leche con Cola-Cao o poleo-menta. Era algo alcohólico (a saber) que fue prendido por el camarero con un mecherito. El tío debió quemarse la mano unas cuantas veces. El caso es que aquello era muy potito, el garito casi a oscuras y una fila de chupitos flameantes, alrededor de diez o doce, iluminando el local. Nos los bebimos, hicimos unas fotos, estuvimos un rato y nos fuimos. No puedo extenderme más, porque de los detalles casi ni me acuerdo.
Garito número 2: Este era algo más grande y había más gente. Tenía mesas (y sillas) y había espacio para estar de pie. En este local pasaron dos cosas reseñables: la primera es que intentamos jugar a los dardos, porque Damián nos dijo que ninguno de los que allí habíamos era capaz de ganarle, ni siquiera impidiéndole abrir los ojos a él para tirar. Vamos, os gano hasta con los ojos cerraos, dijo. Empezamos a echar monedas en la máquina, y luego no iba. Menos mal que nos devolvieron los cuartos. Tres o cuatro euros creo que habíamos echao. ¡Como pa tontear! La segunda es que unas señoras cuya edad difería considerablemente de la nuestra intentaron ligar con nosotros. Ellas estaban tranquilamente sentadas en una mesa, y Pablo y yo fuimos a presentarnos. Fue entretenido: intentamos que averiguaran de qué ciudad de España éramos y creo que dijeron Palencia, Teruel, Huesca, Orense, Lleida y Zamora antes que Murcia. Y eso que somos vecinos. En fin, que nos fuimos enseguida de aquella mesa. Porque se nos acabó el cubata y porque podrían habernos metido en la cárcel.
Si no recuerdo mal, los siguientes garitos ya fueron para comer. Sin historia. En uno de ellos vimos como Acasiete marcaba en tiempo de descuento el gol de la victoria ante el Sevilla. Regocijo en las calles. Yo ahí estaba empezando a quedarme durmiendo. Aun así, aguanté hasta el siguiente garito, en el que vimos el Barça-Espanyol casi en su totalidad. Al acabar el partido, me fui a acompañar al Yánguel al hotel, y a dormir la mona hasta el día siguiente.... ¿o no?
miércoles, 9 de enero de 2008
El tiempo perdido
Hoy, miércoles 9 de enero del 2008, salíamos a las siete de la tarde haciendo una reflexión:
¿Os habéis dado cuenta de que si sumamos el tiempo que vamos a perder a lo largo de nuestra vida desplazándonos desde nuestro sitio de trabajo (nuestra mesa) hasta el coche, habremos perdido varios años de vida entrando y saliendo? Y eso por no hablar del tiempo en coche, aunque como esa es una conversación que ya hemos tenido muchas veces todos los que viajamos a diario desde Murcia o aledaños, no me interesa tanto.
Venga, ¡haced vuestros cálculos!
¿Os habéis dado cuenta de que si sumamos el tiempo que vamos a perder a lo largo de nuestra vida desplazándonos desde nuestro sitio de trabajo (nuestra mesa) hasta el coche, habremos perdido varios años de vida entrando y saliendo? Y eso por no hablar del tiempo en coche, aunque como esa es una conversación que ya hemos tenido muchas veces todos los que viajamos a diario desde Murcia o aledaños, no me interesa tanto.
Venga, ¡haced vuestros cálculos!
jueves, 27 de diciembre de 2007
Momento Kennedy
Salimos de aquella marisquería devastada de comida por lo intempestivo de la hora (pasaban las cuatro de la tarde) buscando un bar llamado Volley Balón. El de las jugadoras. Algunos ya fantaseaban con la posibilidad de que alguna de ellas, por apurar hasta el último minuto en el bar, estuviera ataviada con el traje de jugadora presta para un partido inminente. Así, fuimos preguntando por la calle. Y, o yo no entendí muy bien al camarero que me explicó el camino o éste se explicó como el culo: las indicaciones actualizadas que recibíamos por el camino contradecían por completo mis ideas preconcebidas. Callejeando, llegamos a una avenida importante en la que había que recorrer unos cien metros para encontrar finalmente el garito buscado. Allí, pudimos leer con claridad el letrero de la puerta:
O yo estaba borracho por los oídos o el camarero guía era un gangoso. Y, por supuesto, nada de voleiboleras ni de pantalones cortitos. En fin, que desilusión, tendremos que echarnos un cubata, pensamos. ¿Veis? Nosotros nunca salimos predispuestos a beber ni nada de eso, pero las vicisitudes que encontramos por el camino nos obligan.
El MOLLY MALONE era algo así como un bar del oeste. Una camarera con botas, espuelas y cartucheras (de las que se ponen, no de las que salen solas) nos preguntó: "¿qué queréis tomar, forajidos?". Música del oeste. La bola esa de rastrojos botando por la calle sin rumbo fijo, siguiendo la dirección del viento. Tiroteos y peleas. Nosotros pedimos lo que queríamos tomar. Todos un café excepto yo, que quería una cerveza (es que tenía sed...) y creo que el Yánguel se pidió algo de más contenido alcohólico. Algo con Vodka, creo. Al parecer, la casa de los líos se apoderó de nuestro rinconcito porque acto seguido la camarera apareció con un pacharán que supuestamente era para mí. Creo que sacó la conclusión de una conversación que escuchó:
Alguien: Juan Antonio, ¿no te vas a tomar un Pacharán?
Juan Antonio: ¿Un Pacharán?
Supongo que nunca se ha oído la palabra Pacharán dos veces en la misma conversación, tan seguidas y tan cerca de una barra sin que haya sido para pedir uno, así que ella misma decidió que yo lo quería. Y claro, como la muchacha estaba de buen ver, los que estaban a mi alrededor se pusieron de su parte y dijeron que sí, que yo había pedido un Pacharán (si alguien tiene otra versión de lo sucedido que la cuente, que para eso están los comentarios). Menos mal que el Yánguel se puso de mi parte y dijo, con su peculiar timbre: Tranquiiiiilos, chiiiicos, ya lo apadrino yoooo. Y se adjudicó el Pacharán junto con el refresco alcohólico que ya llevaba por la mitad.
Paralelamente, otra camarera vino a preguntar si faltaba algo. Como mi cerveza todavía no había sido servida, el Yánguel dijo que sí, que faltaba una caña. Segundos después aparecían las dos camareras, cada una con una caña en la mano. Ambas vestidas de negro, ambas rubias... parecía que hubiera un espejo en medio. Y, ¿qué pensáis que ocurrió?:
a) La camarera que había interpretado incorrectamente la falta de la cerveza dijo que no pasaba nada y se la llevó para tirarla.
b) La camarera que había interpretado incorrectamente la falta de la cerveza dijo "pues ahora te la bebes, y ya está".
La opción a habría resultado ganadora en la mayoría de los bares... pero NUNCA EN EL MOLLY MALONE.
¿Entendéis ahora por qué decía lo de la casa de los líos?
El siguiente episodio del lugar ocurrió unos minutos después: acabada mi cerveza y en el transcurso de una animada tertulia sobre videojuegos de fútbol con Nachete y Paco Sánchez, mi galilló se secó y decidí pedir el primer cubata de la tarde. Ese al que todavía sacas sabor a ron. Pues cuando me acerqué a la camarera y se lo pedí, ¿qué pensáis que ocurrió?:
a) La camarera me dijo que ahora mismo me traía el Brugal con limón.
b) La camarera frunció el ceño y me dijo que antes preguntara a mis amigos si alguno quería algo más para no tener que estar echando viajes sin parar.
La opción a habría resultado ganadora en la mayoría de los bares... pero NUNCA EN EL MOLLY MALONE.
En fin. Supongo que imaginaréis que duramos poco allí. Aunque poco en estas circunstancias no son diez minutos ni veinte ya que, con la inercia de los cubatas, que siempre que te lo estás acabando hay alguien que se lo acaba de pedir, pasó casi una hora. El caso es que nos fuimos un poco indignados. Al menos, los que nos enteramos de los continuos desplantes de las camareras: otros permanecían al margen, flotando en su mundo particular.
Siguientes etapas del viaje: los chupitos calentitos, las almerienses sesentonas que se hacen pasar por niñas de dieciséis... y el resto de la velada.
MOLLY MALONE
O yo estaba borracho por los oídos o el camarero guía era un gangoso. Y, por supuesto, nada de voleiboleras ni de pantalones cortitos. En fin, que desilusión, tendremos que echarnos un cubata, pensamos. ¿Veis? Nosotros nunca salimos predispuestos a beber ni nada de eso, pero las vicisitudes que encontramos por el camino nos obligan.
El MOLLY MALONE era algo así como un bar del oeste. Una camarera con botas, espuelas y cartucheras (de las que se ponen, no de las que salen solas) nos preguntó: "¿qué queréis tomar, forajidos?". Música del oeste. La bola esa de rastrojos botando por la calle sin rumbo fijo, siguiendo la dirección del viento. Tiroteos y peleas. Nosotros pedimos lo que queríamos tomar. Todos un café excepto yo, que quería una cerveza (es que tenía sed...) y creo que el Yánguel se pidió algo de más contenido alcohólico. Algo con Vodka, creo. Al parecer, la casa de los líos se apoderó de nuestro rinconcito porque acto seguido la camarera apareció con un pacharán que supuestamente era para mí. Creo que sacó la conclusión de una conversación que escuchó:
Alguien: Juan Antonio, ¿no te vas a tomar un Pacharán?
Juan Antonio: ¿Un Pacharán?
Supongo que nunca se ha oído la palabra Pacharán dos veces en la misma conversación, tan seguidas y tan cerca de una barra sin que haya sido para pedir uno, así que ella misma decidió que yo lo quería. Y claro, como la muchacha estaba de buen ver, los que estaban a mi alrededor se pusieron de su parte y dijeron que sí, que yo había pedido un Pacharán (si alguien tiene otra versión de lo sucedido que la cuente, que para eso están los comentarios). Menos mal que el Yánguel se puso de mi parte y dijo, con su peculiar timbre: Tranquiiiiilos, chiiiicos, ya lo apadrino yoooo. Y se adjudicó el Pacharán junto con el refresco alcohólico que ya llevaba por la mitad.
Paralelamente, otra camarera vino a preguntar si faltaba algo. Como mi cerveza todavía no había sido servida, el Yánguel dijo que sí, que faltaba una caña. Segundos después aparecían las dos camareras, cada una con una caña en la mano. Ambas vestidas de negro, ambas rubias... parecía que hubiera un espejo en medio. Y, ¿qué pensáis que ocurrió?:
a) La camarera que había interpretado incorrectamente la falta de la cerveza dijo que no pasaba nada y se la llevó para tirarla.
b) La camarera que había interpretado incorrectamente la falta de la cerveza dijo "pues ahora te la bebes, y ya está".
La opción a habría resultado ganadora en la mayoría de los bares... pero NUNCA EN EL MOLLY MALONE.
¿Entendéis ahora por qué decía lo de la casa de los líos?
El siguiente episodio del lugar ocurrió unos minutos después: acabada mi cerveza y en el transcurso de una animada tertulia sobre videojuegos de fútbol con Nachete y Paco Sánchez, mi galilló se secó y decidí pedir el primer cubata de la tarde. Ese al que todavía sacas sabor a ron. Pues cuando me acerqué a la camarera y se lo pedí, ¿qué pensáis que ocurrió?:
a) La camarera me dijo que ahora mismo me traía el Brugal con limón.
b) La camarera frunció el ceño y me dijo que antes preguntara a mis amigos si alguno quería algo más para no tener que estar echando viajes sin parar.
La opción a habría resultado ganadora en la mayoría de los bares... pero NUNCA EN EL MOLLY MALONE.
En fin. Supongo que imaginaréis que duramos poco allí. Aunque poco en estas circunstancias no son diez minutos ni veinte ya que, con la inercia de los cubatas, que siempre que te lo estás acabando hay alguien que se lo acaba de pedir, pasó casi una hora. El caso es que nos fuimos un poco indignados. Al menos, los que nos enteramos de los continuos desplantes de las camareras: otros permanecían al margen, flotando en su mundo particular.
Siguientes etapas del viaje: los chupitos calentitos, las almerienses sesentonas que se hacen pasar por niñas de dieciséis... y el resto de la velada.
miércoles, 26 de diciembre de 2007
Casa Puga
Yo esperaba encontrar, trabajando de camarero en el Casa Puga, a un nuevo integrante de la selección española de baloncesto de Los Angeles 84. Si ya tenemos a Arcega (Togo) y a Corbalán (Granada), ¿por qué no íbamos a encontrar a Romay, Margall o Beirán? Pues no. Allí había un camarero jovencete de apariencia antipática y abstraída pero de actitud diligente en extremo. Vamos, que parecía que estaba empanao y no te hacía caso, pero le pedías algo y al rato te lo traía. Así, fuimos degustando tapa tras tapa, ración tras ración, arroba de cerveza tras arroba de cerveza. El Yánguel, como siempre, de dos en dos. Y con conversaciones todavía coherentes. Cuando llevábamos un ratito en el bar aparecieron por allí los del coche resacoso: Damián, Paco Sánchez y Nico, el fotógrafo. Este sujeto ejercía su improvisado oficio con un aparato de dimensiones y características profesionales: un pedazo de camarón. Como el que venía a tu casamiento a romperse la camisa, la camisita que tenía.
Con el buche lleno y el cuerpo cansado de la posición, unos cuantos cambiaron de bar. Se fueron a una especie de marisquería que había bastante cerca de allí, en la misma calle. Con el paso del tiempo he olvidado detalles tales como los integrantes de aquella avanzadilla o si cuando se fueron dijeron a tomar por culo o a tomar por saco.
Minutos después, pasé al aseo por trigésimo sexta vez y cuando salí ya había llegado Nachete. Se sorprendió cuando vio que faltaba la mitad del personal, pero enseguida le explicamos la división y su fundamento. Pagamos lo que se debía y nos fuimos a conseguir, de una vez por todas, la reunión definitiva del rebaño. Eran casi las cinco de la tarde cuando conseguimos estar toda la expedición junta dentro del mismo bar. Y Nachete sin comer. Negocié con el camarero para que le hiciera un bocadillo. Me dijo que tenía poca cosa y yo le convencí de que lo mejor para él y su familia era hacer un bocadillo para chuparse los dedos. Un poco asustado por mi actitud admonitoria, abrió el pan con tal velocidad y energía que se cortó en la mano y soltó el pan por los aires, cagándose en la Virgen del Camino Seco. El pan cayó al suelo, rodeado de unas gotitas de sangre que caían de la mano del histérico camarero. En realidad, mi imaginación se ha apoderado de mi rol periodístico, convirtiendo las últimas líneas en pura ficción. Nada es cierto desde y yo le convencí. Pero, ¿a que habría estado bien? La verdad es que llenó un bocadillo con todo lo que tenía y Nachete se quedó tan contento.
Mientras tanto, Pablete me preguntaba por primera vez que si no me mareaba la cerveza, porque sus ojos estaban empezando a hacerle chiribitas y la vertical se le empezaba a transformar en diagonal. Vamos, que se tambaleaba.
Al cabo de un rato, el momento Togo daba paso al momento Kennedy. Le pregunté al camarero de la marisquería que dónde podíamos ir después, algún sitio para tomar un café y/o una copichuela. Éste me llevó a la calle a darme precisas indicaciones para llegar a lo que en principio entendí como El Volley Balón. Pensé que era bastante original el nombre y supuse que debía estar lleno de jugadoras de voleibol. Así que no lo pensé y dirigí nuestros pasos hacia allí.
En próximas entregas hablaremos del nombre real del Volley Balón, de lo simpático de sus camareras y de lo poco que tardamos en irnos de allí. Y, sí, espero que las próximas entregas no se hagan tanto de rogar como la presente.
¡Hasta pronto!
Con el buche lleno y el cuerpo cansado de la posición, unos cuantos cambiaron de bar. Se fueron a una especie de marisquería que había bastante cerca de allí, en la misma calle. Con el paso del tiempo he olvidado detalles tales como los integrantes de aquella avanzadilla o si cuando se fueron dijeron a tomar por culo o a tomar por saco.
Minutos después, pasé al aseo por trigésimo sexta vez y cuando salí ya había llegado Nachete. Se sorprendió cuando vio que faltaba la mitad del personal, pero enseguida le explicamos la división y su fundamento. Pagamos lo que se debía y nos fuimos a conseguir, de una vez por todas, la reunión definitiva del rebaño. Eran casi las cinco de la tarde cuando conseguimos estar toda la expedición junta dentro del mismo bar. Y Nachete sin comer. Negocié con el camarero para que le hiciera un bocadillo. Me dijo que tenía poca cosa y yo le convencí de que lo mejor para él y su familia era hacer un bocadillo para chuparse los dedos. Un poco asustado por mi actitud admonitoria, abrió el pan con tal velocidad y energía que se cortó en la mano y soltó el pan por los aires, cagándose en la Virgen del Camino Seco. El pan cayó al suelo, rodeado de unas gotitas de sangre que caían de la mano del histérico camarero. En realidad, mi imaginación se ha apoderado de mi rol periodístico, convirtiendo las últimas líneas en pura ficción. Nada es cierto desde y yo le convencí. Pero, ¿a que habría estado bien? La verdad es que llenó un bocadillo con todo lo que tenía y Nachete se quedó tan contento.
Mientras tanto, Pablete me preguntaba por primera vez que si no me mareaba la cerveza, porque sus ojos estaban empezando a hacerle chiribitas y la vertical se le empezaba a transformar en diagonal. Vamos, que se tambaleaba.
Al cabo de un rato, el momento Togo daba paso al momento Kennedy. Le pregunté al camarero de la marisquería que dónde podíamos ir después, algún sitio para tomar un café y/o una copichuela. Éste me llevó a la calle a darme precisas indicaciones para llegar a lo que en principio entendí como El Volley Balón. Pensé que era bastante original el nombre y supuse que debía estar lleno de jugadoras de voleibol. Así que no lo pensé y dirigí nuestros pasos hacia allí.
En próximas entregas hablaremos del nombre real del Volley Balón, de lo simpático de sus camareras y de lo poco que tardamos en irnos de allí. Y, sí, espero que las próximas entregas no se hagan tanto de rogar como la presente.
¡Hasta pronto!
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